Todo se fue, y lo que quedaba, se lo trago el silencio, el mismo silencio vestido de añoranza blanca, que cortó tantas veces el ruido de mis voces.
El frío acariciando las piedras que caminan por mi ventana, congeló hasta la última lágrima, después de sofocar los lamentos… que corrían espantados por los pasillos.
Ahora, sólo el vacío se conduele ante mi eterno dolor delirante, y me permite suplicar a las paredes, tapizadas de rumores endurecidos, para que tiemblen y caigan sobre mí.
Leo las manchas de mugre sobre los muros y araño la puerta, mas los gigantes… no me dejan salir. No se cuanto tiempo ha pasado… pero tengo que quedarme más, porque allá afuera el mundo se acabó y los doctores… no quieren que yo muera.
A veces me visitan hadas malvadas, y me tragan dentro de capullos que me adormecen hasta coagular dentro de un útero.
Quiero que regresen… los reflejos desalmados y que me hablen las voces, que me digan todas las palabras que les sobren. Quiero que vuelvan a reventarme los oídos, vomitando palabras sobre mí.

